Por Luis Ignacio Vicente
En mayo de 2026, Donald Trump viajó a Pekín en su primera visita de Estado a China de su segundo mandato. Xi Jinping lo recibió con honores excepcionales: paseo privado por los jardines de Zhongnanhai, banquete de Estado y una declaración conjunta que fijaba una "relación de estabilidad estratégica constructiva"
para los próximos años.
El presidente estadounidense volvió hablando de inversiones chinas por cientos de miles de millones de dólares. Más allá del simbolismo, el mensaje de fondo es claro: China ya no negocia como potencia emergente, sino como igual. Y ese cambio de estatus no es diplomático, sino tecnológico.
La soberanía tecnológica del mundo depende hoy de la capacidad de fabricación china. No es solo ensamblaje de bajo coste: el gigante asiático concentra la producción de semiconductores de gama media, controla más del 80% de la fabricación mundial de paneles solares y extrae más del 60% de las materias primas críticas para baterías, imanes y componentes electrónicos. Sin esa base manufacturera, buena parte de la transición energética y digital de Europa y EEUU no sería posible. Quien controla la fábrica del mundo condiciona la velocidad y el precio de la innovación ajena.
Relato obsoleto
El relato del "taller del mundo" ha quedado obsoleto. Según la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual), China es ya el primer origen mundial de solicitudes de patente por el sistema PCT, con más de 70.000 peticiones anuales, cerca del 26% del total global, muy por delante de EEUU. Contando todas las patentes registradas, concentra cerca de la mitad de las solicitudes mundiales. Huawei encabeza el ránking de solicitantes PCT del mundo, y el gasto en I+D chino superará este año al de EEUU. Ha dejado de copiar tecnología para exportarla y licenciarla, gestionando sus carteras de patentes como activos financieros estratégicos, no como un trámite administrativo.
Este liderazgo no es uniforme: en computación cuántica, semiconductores punteros o defensa, EEUU y sus aliados siguen marcando el paso. Pero en energía renovable, vehículo eléctrico, baterías, 5G y buena parte de las tecnologías digitales de base, China ya lidera o ha desarrollado alternativas propias suficientes para no depender de Washington.
Todavía existen oportunidades reales en nuevos materiales, tecnologías cuánticas y energías renovables de próxima generación
El caso de la inteligencia artificial (IA) merece mención aparte porque revela un cambio de estrategia, no solo de resultados. Frente al modelo estadounidense de modelos cerrados y propietarios, China ha apostado por el código abierto. Modelos como los de DeepSeek, Alibaba (Qwen) y Zhipu se publican en abierto, lo que les permite penetrar en mercados y comunidades de desarrolladores de todo el mundo sin las barreras regulatorias de Occidente. En Hugging Face, los modelos de origen chino ya lideran las descargas y las nuevas publicaciones, superando a las grandes tecnológicas estadounidenses. Es una estrategia de propiedad industrial inteligente: si no puedes competir cerrando el acceso a tu tecnología, compites por hacerla el estándar sobre el que todo el mundo construye.
El informe de Mario Draghi lo dejó por escrito: la UE invierte en I+D el 2,2% de su PIB, frente al 3,5% de EEUU, el 3,3% de Japón y el 2,4% de China, con una brecha aún mayor en inversión privada. A esto se suman ecosistemas fragmentados, escasas universidades de máximo nivel, un venture capital poco desarrollado, exceso de burocracia y una adopción tecnológica lenta en la pyme. El resultado es visible en los datos: mientras la productividad crece con fuerza en EEUU y China, en Europa lleva años estancada. El riesgo no es solo perder cuota de mercado: es convertirse en un continente seguidor, comprador de tecnología ajena, en sectores donde antes marcaba el rumbo.
No todo está perdido. Europa conserva ventanas de oportunidad reales en tecnologías cuánticas, nuevos materiales y energías renovables de próxima generación, ámbitos donde ningún actor ha consolidado aún un liderazgo irreversible. La clave está en los intangibles: los países que más invierten en software, patentes, diseño y capacidades organizativas son los que más productividad generan. España, con una inversión en intangibles menor que la media europea, ha crecido más rápido que Francia o el Reino Unido en los últimos años, señal de que el margen de mejora es enorme si se enfoca bien el esfuerzo.
Varios frentes
La respuesta pasa por una estrategia articulada en varios frentes: convertir la propiedad industrial en palanca de competitividad real, no en trámite administrativo; concentrar la inversión pública y privada en sectores críticos -semiconductores, cuántica, materiales avanzados, energía verde-; construir ecosistemas público-privados sólidos entre universidad, industria y administración, y ganar peso en los foros internacionales donde se fijan los estándares tecnológicos del futuro.
El conocimiento y el talento ya no son insumos: son infraestructuras estratégicas, y como tales requieren inversión pública deliberada, tiempo y densidad institucional. Europa tiene los recursos científicos y el talento. Lo que le falta es la determinación de tratarlos como lo que son: la base de la soberanía tecnológica y de su autonomía estratégica.
origen: https://www.lne.es/economia/2026/07/11/patentes-soberania-tecnologica-desafio-europa-132351197.html
