domingo, 16 de agosto de 2026

Europa ya no quiere jugar con las reglas que ayudó a crear

 


 Tadeo Casteglione

Después de años de definir a China como socio, competidor y rival sistémico, la Comisión Europea comenzó a tratar el creciente desequilibrio comercial como un problema estructural que ya no puede ser contenido mediante las reglas tradicionales del libre comercio. 

 

Aún así el encuentro marcó el nacimiento de las Consultas de Comercio e Inversión (TIC), destinadas a monitorear el reequilibrio comercial, los controles de exportación, la propiedad intelectual y otros puntos de fricción, fue presentado como un mecanismo para estabilizar la relación. Pero detrás de la diplomacia comercial aparece Europa intentando contener la expansión industrial y tecnológica china al mismo tiempo que enfrenta las consecuencias de décadas de deslocalización productiva, de un modelo económico y decisiones geopolíticas que debilitó su propia base industrial.

¿Qué preocupa realmente a la élite europea?

Lo que Bruselas denomina como “China Shock 2.0” no es otra cosa que el éxito de una nación que sabe planificar su soberanía tecnológica mientras Europa se preocupa por el hecho de que China dejó de ser la “fábrica barata” del mundo para convertirse en el arquitecto de las tecnologías que determinan el modelo productivo del siglo XXI, como lo son los vehículos eléctricos, la robótica y energías limpias.

Cabe recordar que el primer “China Shock”, está asociado a la incorporación del país a la Organización Mundial del Comercio en 2001, que estuvo vinculado con el desplazamiento de sectores manufactureros tradicionales, desde textiles y calzado hasta muebles, juguetes, electrónica básica y manufacturas intensivas en trabajo.

Para la dirigencia de la UE, el déficit comercial de 360.000 millones de euros en 2025 es “insostenible”, pero su análisis omite que la raíz del problema es que la UE se quedó estancada en un modelo de hiper-regulación que no genera industria, sino burocracia, mientras China representa el 30% de la producción manufacturera mundial.

La élite europea teme que la “avalancha” de productos chinos (que son entre un 20% y 30% más baratos) termine por anular definitivamente la base industrial que aún sostiene el poco bienestar social que queda en el continente.

La política industrial china es en realidad un ejercicio de planificación soberana que choca frontalmente con el dogma neoliberal europeo. Distintas fuentes explican que la capacidad manufacturera china es tan masiva que supera con creces su consumo interno (solo consume el 13% de lo que el mundo demanda), lo que le permite abastecer los mercados globales con una eficiencia que el capitalismo atlantista, asfixiado por los costos de la energía y la falta de innovación propia, no puede igualar.

Esta “sobrecapacidad” es el resultado de décadas de inversión en sectores estratégicos, como por ejemplo, China controla hoy el refinamiento de 19 de los 20 minerales estratégicos más importantes del planeta, lo que deja a Europa dependiente de China para sus misiles, sus radares y su “transición verde”.

De la dependencia productiva al desplazamiento del poder económico

Para entender la sumisión actual de Europa, hay que observar el papel que jugó la deslocalización industrial durante las últimas décadas, donde las empresas europeas buscaban reducir costos, ampliar márgenes y acceder a determinadas economías, por lo que trasladaron no sólo su producción, sino también su investigación, desarrollo y propiedad intelectual a suelo chino .

Ese modelo funcionó mientras existió una diferencia clara entre las posiciones que ocupaban ambas partes dentro de la división internacional del trabajo, donde Europa aportaba capital, tecnología, diseño, ingeniería y bienes de alto valor, mientras China aportaba capacidad manufacturera, mano de obra, infraestructura y un mercado en expansión.

Por lo que, la deslocalización puede definirse hoy como un rasgo intrínseco de un capitalismo europeo que priorizó los dividendos de la élite sobre la resiliencia de sus pueblos, y que ahora, cuando China decide utilizar su potencia industrial para impulsar su propio modelo multipolar, la UE descubre que ya no tiene los medios de producción para competir.

El problema apareció cuando esa relación dejó de ser asimétrica a favor de Europa, y ahora China es un competidor industrial capaz de producir bienes tecnológicos, e incluso la propia arquitectura del modelo productivo internacional, a una escala suficiente para disputar mercados europeos y terceros mercados, por lo que la globalización que durante décadas fue defendida como un mecanismo neutral, deja al descubierto que la apertura de los mercados también distribuye capacidades, conocimiento y poder.

La cuestión de por qué Europa considera ahora problemático un patrón de competencia que durante décadas fue presentado como una consecuencia natural de la globalización que ella misma promovía, está vinculada con un cambio en la distribución mundial del poder económico.

El ascenso chino está modificando la división internacional del trabajo y, con ella, las relaciones de poder que la sostuvieron durante buena parte de la era posterior a la Guerra Fría. Europa se enfrenta a una China que ya no ocupa el lugar periférico de proveedora de manufacturas, sino que disputa espacios centrales de la economía tecnológica mundial.

Por otro lado, la Unión Europea enfrenta una vulnerabilidad adicional en las materias primas y componentes necesarios para su industria y su transición energética, como son las cadenas vinculadas a los motores eléctricos, turbinas eólicas, radares, baterías y vehículos eléctricos que dependen de minerales y materiales cuyo procesamiento se concentra fuertemente en China. 

Por lo que Europa necesita reducir su dependencia de China precisamente en industrias cuya expansión depende, en buena medida, de insumos y capacidades industriales que China domina.

Esto explica por qué la reunión entre Šefčovič y Wang no puede entenderse como una discusión comercial convencional, sino que en Bruselas intentaron corregir un desequilibrio resultado de una transformación de la economía mundial en la que Europa perdió parte de su capacidad industrial mientras China construyó la suya.

Pero bien sabemos que la crisis actual no fue provocada por el ascenso de China, sino que también es el resultado de las decisiones económicas y geopolíticas que Europa tomó durante las décadas en las que creyó que la globalización podía separar indefinidamente la prosperidad europea de su propia capacidad productiva.

El “De-risking” como sumisión atlantista

Bajo el eufemismo del de-risking (reducción de riesgos), Europa intenta enmascarar su alineación con la estrategia de contención de Washington, bajo esta fórmula diplomática, busca acatar las presiones de Donald Trump y la OTAN sin romper totalmente con Pekín.

Hoy, Europa se encuentra atrapada en un “doble aprieto”, como lo llaman los analistas, que es la tumba de cualquier pretensión de soberanía, esto es, depende de Estados Unidos para el software y la seguridad digital, y de China para el hardware y la base material de su economía.

Esta vulnerabilidad expone una situación donde Europa no está decidiendo su futuro, sino que intenta gestionar su dependencia de un amo atlantista que le exige cerrar el paso a China, mientras que este le provee la base material para su propia existencia técnica.

En enero de 2026, durante el Foro Económico Mundial de Davos, la presidenta de la Comisión Europea sostuvo que Europa debía continuar trabajando y comerciando con China, particularmente en materia de transición energética, pero que la respuesta debía concentrarse en “reducir los riesgos” y no en “desacoplarse”. Al mismo tiempo, defendió el uso de instrumentos comerciales y de defensa interna para responder a lo que Bruselas considera “distorsiones provocadas por los subsidios chinos”.

Bruselas no busca abandonar el libre comercio porque haya descubierto sus límites sociales o distributivos, sino porque la distribución internacional de capacidades productivas cambió y las reglas que antes beneficiaban a Europa ya no garantizan su posición relativa, por lo que el principio abstracto continúa siendo defendido, lo que cambia es la tolerancia frente a sus consecuencias.

Y en realidad no es el fin del libre comercio sino que podemos observar su reordenamiento bajo criterios geopolíticos, que se trata de una de las características centrales de la etapa actual del capitalismo mundial, esto es, la eficiencia económica ya no es el único criterio que determina dónde producir, con quién comerciar o qué tecnología transferir, sino que la seguridad comienza a intervenir sobre decisiones que durante décadas habían sido consideradas exclusivamente empresariales.

Entonces vemos que actualmente Europa comienza a hacer aquello que durante décadas cuestionó en otros actores del sistema internacional como es utilizar activamente al Estado para orientar el mercado, proteger capacidades estratégicas y limitar la competencia extranjera en determinados sectores, pero la clave está en responder ¿para quién y para qué se reconstruye esa capacidad?

Es precisamente para administrar esa contradicción que la UE acuñó el concepto de de-risking, y resulta importante resaltar que no es lo mismo que desacoplar, ya que este último implica romper o reducir drásticamente las interdependencias económicas, mientras que reducir riesgos implica mantener la relación, pero modificar aquellas dependencias en elementos estratégicos consideradas peligrosas.

En teoría, el de-risking resulta mucho más compatible con la realidad económica europea, ya que un desacoplamiento completo de China tendría costos enormes para las empresas, los consumidores y las propias industrias que Bruselas pretende proteger. La Unión Europea no puede sustituir de manera inmediata las capacidades industriales, las materias primas procesadas, las baterías, los componentes electrónicos y las cadenas de suministro que China construyó durante décadas.

Reindustrialización militarizada entre China y Washington

Y el propio debate europeo propone que no se pretende eliminar todos los vínculos con China, sino impedir que una concentración excesiva de cadenas productivas y tecnológicas se convierta en una vulnerabilidad estratégica. 

El problema, entonces, es desde qué proyecto de poder pretende Europa proteger la industria que queda o se pretende construir, ya que reconstruir capacidades productivas, diversificar proveedores y reducir dependencias puede ser una política de soberanía económica; convertir esas herramientas en mecanismos de aislamiento contra China, en cambio, implica asumir una lógica de bloques que difícilmente se corresponde con los intereses materiales europeos.

También cabe mencionar que la reindustrialización está siendo crecientemente subordinada a una lógica de militarización desde el inicio de la guerra en Ucrania, y con mayor intensidad tras las últimas decisiones de la OTAN, Bruselas y los Estados miembros aceleraron el aumento del gasto militar y la expansión de sus capacidades de defensa, presentando la industria armamentística como uno de los motores de la recuperación de la base industrial europea.

Así, la seguridad vuelve a funcionar como política industrial ya que se destinan recursos públicos, inversión y capacidad productiva hacia el sector militar bajo el argumento de recuperar autonomía estratégica. 

Pero la industria que Europa pretende reconstruir para alcanzar una mayor autonomía también depende de China, ya sea desde las materias primas críticas y su procesamiento hasta componentes, tecnologías y cadenas de suministro vinculadas a la producción industrial avanzada, la dependencia no desaparece por orientar la reindustrialización hacia la defensa.

Porque si el de-risking termina significando que Europa debe reducir sus vínculos con Beijing mientras profundiza su dependencia tecnológica, militar y estratégica de Washington, no habrá autonomía, sino que simplemente habrá cambiado el nombre de la dependencia, como registramos ya al dejar de consumir la energía rusa y pasar a depender de la estadounidense más cara y más contaminante.

Europa puede intentar contener a China, alineándose con la estrategia atlántica de Washington, o puede asumirla como una realidad y utilizarla para recuperar capacidad de decisión propia, aunque deba enfrentar las consecuencias que imponga EEUU.

En ese sentido, el encuentro entre Šefčovič y Wang es el síntoma de una transición histórica en la que Europa descubre que las reglas de la globalización que durante décadas contribuyó a construir ya no garantizan su posición de privilegio, y ahora le toca decidir qué lugar ocupará en el orden que está emergiendo.

*Lourdes Hernández, comunicadora social y miembro del equipo editorial de PIA Global.

Foto de portada: Wang Wentao, ministro de Comercio de China, y Maros Sefcovic, comisario europeo de Comercio, en Bruselas, el pasado 29 de junio. / Comisión Europea

origen: https://noticiaspia.com/europa-ya-no-quiere-jugar-con-las-reglas-que-ayudo-a-crear/amp/